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Los Ángeles y Nueva York, el día y la noche

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La tarde del domingo seguía viva y soleada en Los Ángeles, pero en el oscuro túnel del estadio del Galaxy, el delantero David Villa parecía desear que el día acabara lo antes posible. De pie y recostado en la puerta del vestuario del New York City FC, esperaba que los medios entrevistaran a su entrenador, Jason Kreis, para luego desahogarse. “He hecho grandes cosas en mi carrera, pero necesito gente alrededor mío”, fue su queja ante los micrófonos. Añadió palabras a sus elocuentes gestos amargos contra algunos de sus compañeros dentro de la cancha. No fue el único fastidiado en el camerino. Andrea Pirlo, el otro campeón mundial dentro del plantel neoyorkino, salió tan pronto pudo sin dar declaraciones. Quizá porque a un 5-1 le sobran.

La queja del “Guaje” no pasa por el resultado (“Ya me han metido 5-1 antes”, subrayó a la prensa), sino porque su New York City FC capituló antes de tiempo. Los últimos goles del Galaxy cayeron casi sin oposición.

Un contraste brutal presentó el técnico del Galaxy, Bruce Arena, en sala de conferencia del Stubhub Center. Arena compartió con los periodistas una postal familiar; llegó en papel de tierno abuelito con su nieto Wayde en brazos, lo sentó en sus piernas frente a los micrófonos, y respondió el cuestionario simple y dulzón que suele preceder a estas goleadas. Arena, un tipo serio que suele relajar el ambiente en momentos inesperados (un día antes de la final de la MLS 2014, hace 8 meses, fue al convivio de periodistas acreditados en una playa de Los Ángeles y compartió unas cervezas con los presentes), se sabe en la cresta de la ola. Su Galaxy, acostumbrado a fichajes que centralizan el foco al individuo, tiende a pulir tan bien su cuerpo colectivo que halla su equilibrio supremo a esta altura de la temporada, antes de la recta final. En los meses de agosto de los últimos 3 años, el Galaxy disputó 15 partidos; ganó 12 y apenas perdió 1, con promedio de 2.9 goles a favor.

No es casualidad. El guión del Galaxy no trata de estrellas y explosivos, sino de un repertorio variado de posturas. Al inicio del partido contra NYCFC, propuso un precavido 4-4-2, con Zardes y Lletget atados a defender las bandas. El cerrojo visitante, que por medio hora tan bien tejió un Pirlo pegado a su línea defensiva, se quebró cuando la sociedad entre Robbie Keane y Gio dos Santos castigó a dos toques cada vez que el City adelantó su defensa. Con viento a favor, el Galaxy torció la trama de la sobriedad al riesgo: Zardes, Lletget y el extremo Robbie Rogers se aventuraron por los carriles y transformaron una victoria en barrida.

El cartel del duelo entre dos megaciudades, sexy sólo en la previa, halló a Nueva York en el contexto desfavorable. Y quizá en la racha equivocada. Hace décadas que un equipo de la Gran Manzana no gana un partido grande aquí. El último ni siquiera fue en fútbol, sino gracias a los Yanquis en la Serie Mundial de Béisbol de 1978. Ese año nació Frank Lampard, quien el domingo fue relegado a las tribunas por lesión.

Quizá Lampard notó a su alrededor un exceso de camisas con el nombre su compatriota Gerrard, tanto blancas del Galaxy como rojas del Liverpool. El volante rubio, que en sus primeros partido jugó libre junto a Keane, con el tiempo regresó a su puesto clásico, en la cintura de la cancha, de pareja con Juninho. Gerrard excede su esfuerzo cuando los extremos se lanzan arriba. Y esto funciona en goleadas felices, como ante Nueva York. Pero, para desgracia del Galaxy, agosto no durará para siempre.

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